Como cuando eres pequeño y caprichoso. Cuando querías un muñeco, un coche, unas chucherías y con eso te bastaba para no llorar en toda la tarde. Como cuando éramos tan tiernos que con un abrazo y un beso de mamá nos dormíamos en paz porque nada podía pasarnos. Como cuando estábais todos en casa: tus padres, tus hermanos -si los tenías- y tú con tus peluches y te sentías tan protegido como si de un búnker de guerra se tratase tu cama.
Y por qué cuando crecemos ya no es así? Por qué unas chucherías no pueden hacerte feliz y el hecho de que todos estéis bien -o al menos estéis- ya valga para irte seguro y tranquilo a dormir? Porque vamos creciendo y a medida que eso ocurre, nuestra estupidez también va en aumento.
Que deberíamos ser como los niños, que se conforman con bien poco para ser felices y no tanta avaricia y tanto egocentrismo como tenemos los adultos -o los ya no tan niños-.
Que estoy segura de que deberíamos fijarnos más en esos seres diminutos, con sus sonrisas de pillos y sus ocurrencias, sus miles de preguntas y sus ganas de vivir para que todo fuese mucho mejor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario