Sería fácil
dejarlo todo por ser como los demás quieren que seas. Pero yo no funciono así,
yo sigo mis normas, sigo mis reglas, que en muchas ocasiones son descabelladas,
que a veces me juegan malas pasadas. Pero, ¿sabes? A mi no me importa porque yo
vivo feliz.
A mi no me
hacen falta cientos de personas que me digan lo simpática que soy, porque para
eso tengo a los de verdad, muy poquitos pero de verdad. Tengo gente que me
quiere tal y como soy, no como les gustaría que fuera.
Y es
cierto, a veces soy una niña caprichosa, y sí, me considero también fuerte en
las debilidades y débil en las cosas sin importancia. Le doy demasiada bola a
cosas que, sinceramente, no deberían importarme. Sigo arrastrándome por todo y
por todos, aunque tengo a ciertas personitas que me repiten que no sea tonta,
que no lo haga, que quien me quiere me tiene que buscar, que he malacostumbrado
a todo el mundo con mis súplicas de perdón aun cuando ese perdón se me debe a
mi.
A veces me da por creer en el destino, casi siempre. Pienso que
la suerte, el destino y la magia hacen de las suyas para ponernos a todos en
nuestro lugar, para cruzar a personas y momentos que pueden cambiar tu vida. Creo
también que todo pasa por algo, que si alguien muy importante en tu vida se
aleja de ti no tienes que llorar su marcha, sino alegrarte por lo que te ha
dejado en la memoria.
También
soy de las que dicen que hay que disfrutar el momento, porque ese momento nunca
vuelve, y si no lo disfrutas ya no tendrás oportunidad de hacerlo. Pero tampoco
te arrepientas... ¿para qué? El arrepentimiento solo viene cargado de culpa y
no es bueno para nadie. De verdad, como siempre digo, todo ocurre por una razón
y sea como sea, es algo que no se puede, ni se debería cambiar.