A veces recordamos. Recordamos lo que habíamos olvidado. Es así,
no nos gusta pero es así. ¿Qué por qué? No lo sé, y a mi tampoco me gusta. ¿O
sí? Quizás recordar lo que un día fuimos, las personas que nos rodeaban nos
hacen revivir buenos momentos, aunque sencillamente otras veces preferirías no
recordar. Momentos o personas que nos han hecho daño, mucho daño, un daño
irreversible aunque también perdonable. Porque la mayoría de las veces es así:
nos hacen daño las personas a las que más queríamos, las personas en las que
más confiábamos y son esas traiciones las que más duelen, las que, por mucho
que pase el tiempo no curan, las que la cicatriz siempre está dispuesta a
abrirse de nuevo y causar nuevas heridas. Pero lo perdonas, perdonas ese daño y
perdonas a quien te lo hizo porque a veces no puedes soportar estar mal con una
persona, a veces el orgullo cae derrotado ante las ganas de un abrazo, abrazo
que no siempre llega, aunque perdones. Las cosas no volverán a ser como antes,
nunca. Por más que pase el tiempo, por más que se haga una promesa de verse
pronto... No nos engañemos... ¿cuántas veces vemos a esas personas a las que
decimos “tenemos que quedar”? Muy pocas. Demasiado pocas.
Y por todo esto que digo sufrimos. Las dos partes, no solo la
parte herida. Estoy segura de que la parte “que hiere” también sufre y también
se pregunta cómo hubiera sido todo si aquella traición o simplemente
distanciamiento no se hubiera producido. ¿Se habrían cumplido todas aquellas
promesas que un día se hicieron? ¿Habrían seguido con esa confianza rebosante
que todo lo podía? ¿Seguiría valiendo uno de esos abrazos que se daban para
curar cualquier mal? No lo sabemos. No hay respuesta porque simplemente eso no
ocurrirá jamás.
Y recordar lo que un día fuimos, recordar lo que dijimos que
seríamos en el futuro y mirarnos ahora, sin nada excepto el pasado en común,
con una vida completamente bifurcada.
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