Ahí esta la ciudad. Que se aleja. Que fluye. Que vive.
Rápida, veloz, incansable, con fuerza, con fiereza. Avanza de a poquitos pero
al final es mucho. La inmensa ciudad ahora está a tus pies, la miras y no crees
que exista algo mejor. Estas ahí observándola, siendo participe de ella pero
desde fuera, desde otro punto de vista. Sientes los pies mojados porque las
sandalias no te cubren lo suficiente como para que el riego no te moje un poco,
pero es algo que gusta, que sienta bien.
Allí no pareces nadie, el mundo no se detiene porque tú no
estás allí abajo. La vida sigue fluyendo tan veloz como de costumbre; pero hoy
no es uno de esos días en los que te preocupa que el mundo sin ti pueda seguir.
Hoy tienes mucho que pensar, mucho que debatir contigo misma. Hoy es uno de
esos días en los que algo te pasa y no sabes ni tú lo que es, intentaré
averiguarlo y si no puedo, no puedo, pero lo habré intentado.
Vuelvo a echar un vistazo hacia abajo, ahora el sol luce un
poco menos, parece que se está escondiendo, parece cansado porque lleva todo el
día brillando con su máxima intensidad, justo como deberíamos hacer todos los
que somos iluminados por él. Porque el esfuerzo es la máxima recompensa a todo.
Pero no, a nosotros nos gusta llegar y comentar con todo el mundo lo cansados
que estamos, decir que has trabajado mucho y que ahora te mereces descansar. Y
es verdad, puede que estés cansada, pero nunca hay que dejar de trabajar, ni de
luchar, nunca hay que parar porque parar significa rendirse y eso no puede
estar en ningún vocabulario. Porque, ¿acaso has escuchado alguna vez quejarse
al sol de que trabaja mucho? Yo creo que no...
En este momento, estoy completamente empapada. Aun no se cuando me he
tumbado sobre el césped y me he mojado de arriba abajo.
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